Caprichoso destino en Pompeya

 

        Aunque actualmente hay teorías que apuntan a otras fechas, tradicionalmente se ha considerado la tarde del 24 de agosto, es decir la hora séptima del noveno día antes de las kalendas de septiembre, la fecha en que Pompeya fue sepultada por el Vesubio.

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Caprichoso destino en Pompeya.

   Bajo aquellas sombrías y desnudas paredes, centinelas fieles de mi cautiverio, escuchaba el traqueteo de los carros al cruzar por los pasos para viandantes en las calles abarrotadas de Pompeya, las disputas en las tabernas tras agotar el vino, las conversaciones vanas en la puerta de las tiendas.

   Cuánto hubiera dado por saborear de nuevo el pan que cocía Modesto,  visitar las termas del foro,  pisar la calle Abundancia o simplemente chapotear con el agua en la fuente de Mercurio.

   Sin embargo mi destino ya estaba decidido y las Parcas no me lo iba a permitir. Habían elegido la hora séptima del noveno día antes de las kalendas de septiembre para acabar con mi vida. Justo a esa hora estaba previsto que saliese de aquel agujero camino del anfiteatro donde probablemente sería el juguete de alguna fiera que me enviaría sin contemplaciones hacia el río Estigia para encontrarme con el barquero Caronte.

   Yo era muy consciente de que nadie, absolutamente nadie puede escapar a su destino.

   De pronto cesó la algarabía que llegaba del exterior y un extraño e inesperado silencio inundó aquel cubículo borracho de humedad que me custodiaba. Me acurruqué asustado en un rincón y la firme luz de la única lucerna que iluminaba el espacio comenzó a vacilar. Tras un inquietante estruendo las paredes se estremecieron, presencié impasible cómo las piedras temblaban y tuve miedo.

   Pero la diosa Fortuna debió escucharme y enseguida volvió la calma. Estaba aturdido y aún así me percaté de que una profunda grieta recorría la pared. La seguí con la mirada desde principio a fin, de abajo hacia arriba y no podía creer lo que estaba viendo. Aquella hendidura, sinuosa e imprevista, había escupido el clavo que sujetaba mis grilletes; aquello suponía que de nuevo ¡era libre!.

     Mi primer pensamiento consistió en un alarde de arrogancia al considerar que sólo yo había conseguido burlar al destino. Me sentía feliz y eufórico y no sé muy bien cómo lo conseguí pero forcé la puerta y corrí entusiasmado para buscar la salida.

   Libre de ataduras me dirigí sin dudarlo hacia la fuente de Mercurio donde me refresqué con su agua incesante, luego caminé dichoso por la calle Abundancia. Pero… dónde estaban los carros que recorrían a diario las calzadas avasallando a los transeúntes, aquellos que yo escuchaba cada día, dónde se hallaban los clientes de las panaderías y de las tabernas; dónde se habían metido todos.

   No sabía lo que estaba sucediendo, el sol comenzó a perder intensidad y unas livianas pavesas de ceniza fueron cubriendo el suelo muy lentamente.

   Se acercaba la hora séptima del noveno día antes de las kalendas de septiembre.

Fin

                                                                                                            Mª Eloísa Caro Durán

 

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2 respuestas a “Caprichoso destino en Pompeya

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