Sorpresa en Castra Caecilia

campamento                                                 Foto internet. Recreación del campamento según Centro de Interpretación.

 

  En mi primer día de Universidad, varios compañeros, ya con cierta veteranía, improvisaron una excursión inolvidable para mí. Me llevaron a visitar el campamento romano de Castra Caecilia. Escasos restos delataban su glorioso pasado, no obstante aquella novata arqueóloga nunca pudo imaginar un comienzo más apasionante.

 

– ¡Otra vez ha sucedido!, de nuevo los lusitanos. En esta ocasión han interceptado a un grupo de reconocimiento. Hace varios días fue un carro con provisiones y un poco antes nos arrebataron la cebada para los caballos.

¡Qué todas las maldiciones de los dioses caigan sobre ellos!. No es posible que unos cuantos hombres desorganizados puedan con nuestra estricta disciplina militar, con nuestra organización y estrategias, con la supremacía de nuestras expertas legiones. Esto tiene que terminar, sentenció para concluir el prefecto del campamento.

– Toma, egipcio, dijo a su sirviente, ofrece este incienso al dios Serapis, a ti te hará caso. No te demores que aún tienes que disponer el vino y pronto llegarán los tribunos, tengo algo importante que comunicarles.

   Mutis preparaba mejor que nadie el hidromiel y ese fue uno de los motivos por los que Drusus decidió tomarlo como sirviente cuando llegó al campamento junto al mejor proveedor de vino. También lo disuadió su silencio permanente; el prefecto estaba cansado de sirvientes parlanchines.

   Antes de ir al templo, Mutis se dirigió hacia la vía Quintana, había decidido  pasar por el foro.

   Nada más entrar, el vendedor que regentaba, bajo los portales,  un puesto de vinos,  llamó su atención.

– ¡Eh!, fenicio, cuánto tiempo sin verte por aquí, dijo Titus

   Mutis lo saludó complaciente alzando su mano interminable y se sentó junto al estanque, en el centro de la plaza. Dos perros pardos y larguiruchos, probablemente de la misma familia por su pelaje idéntico,  se acercaron a olisquearlo, él los acarició y en un descuido la bolsa de incienso para la ofrenda desapareció bajo el agua. Titus dejó de respirar por un instante; sería aquello un mal augurio, pensó.

   Mutis volvió al praetorio. Los tribunos ya habían llegado y Drusus lo esperaba impaciente. El prefecto le hizo una mueca indicándole que sirviera de inmediato el vino.

– Vamos griego, llénala le exigió uno de los oficiales acercando su copa de bronce.

   La variopinta e indefinida indumentaria de Mutis le otorgaba un aire exótico e incatalogable. Portaba un gorro como los fenicios, sobre su cabeza ancha y su pelo rizado, sandalias de juncos con la punta ligeramente encorvada hacia arriba como los egipcios y una túnica blanca con franjas verdes similar a la que vestían los griegos envolvía su cuerpo menudo.

Los tribunos rodearon a Drusus y este tomó la palabra.

– Se acabó, mañana atacaremos el asentamiento de los lusitanos, uno de nuestros espías lo ha descubierto.

   Hizo una pequeña pausa para tomar aire con su boca diminuta y su nariz achatada, nadie se atrevió a replicar y enseguida continuó.

   Para cuando llegue Quinto Cecilio Metelo habremos acabado con ellos. Saldremos por la porta Pretoriana. Primero la caballería, tras ellos la infantería y a ambos lados las tropas auxiliares. Nada puede fallar.

 Perfiló  los últimos detalles y después despidió a sus hombres.

– Descansad bien esta noche, mañana nuestra pesadilla habrá terminado.

   Los oficiales se marcharon para disponerlo todo con el fin de poner en marcha cada una de las piezas de aquel experimentado ejército.

   Cuando el día comenzó a despuntar, Drusus aguardaba inquieto a que su sirviente de confianza le llevara el uniforme de combate, pero Mutis no llegaba.

-¡Egipcio!, gritó, dónde te has metido ¡Condenado necio!

   Cuando la paciencia estaba a punto de colmarle, le avisaron de que un centurión lo reclamaba urgentemente para notificarle algo desconcertante que había sucedido.

– Vamos habla.

  Con voz titubeante, dijo al fin el centurión.

– Esta mañana, al abrir las puertas del armero para que los legionarios cogieran las espadas y los pilum de lucha, el suboficial responsable se percató de que estaba completamente vacío.

– ¡Cóoomo!, no es posible. Nadie puede superar los dos fosos que rodean el campamento y mucho menos las murallas sin ser interceptado. Pero qué….

Aún no había asimilado lo ocurrido y se presentó ante él otro centurión.

– Creo que debería acompañarnos para que usted mismo vea un nuevo hallazgo.

– El desgarbado centurión lo llevó hasta la puerta Principalis próxima a una de las dos torres que flanqueaban la entrada y allí le mostró un enorme boquete abierto en la muralla.

– Pero…quién ha podido hacer esto. Y los vigías dónde estaban. Es que nadie se ha percatado de lo que estaba ocurriendo.

– Aún hay más, dijo el centurión, señalando un trozo de pergamino que había clavado con un hierro en el hueco más visible de la muralla.

   Drusus se lo arrebató iracundo a las cuarcitas y pizarras que lo amparaban y en un tosco latín se podía leer.

– No soy mudo, ni soy fenicio, ni griego, ni egipcio, sólo soy un leal guerrero lusitano. Si queréis recuperar vuestras armas debéis buscarlas en el fondo del estanque. Que la diosa Ataecina os acompañe.

– ¡Ohhh, nooo!

   Drusus lanzó al aire un resoplido cargado de ira tan poderoso que hubiese podido tumbar a toda una legión, después ordenó a sus soldados que se organizaran en varias hileras para ir sacando las armas del estanque.

   Cuando acababan de recuperar las últimas espadas oxidadas y totalmente deterioradas apareció Quinto Cecilio Metelo con su uniforme impecable sobre un caballo negro, acompañado por su inseparable guardia.

– Están preparadas las estancias del general, tal y como os anunciamos en el correo, requirió su asistente personal.

– Qué correo, preguntó Drusus extrañado.

  Todos se miraron resignados. Había vuelto a suceder.

– Ahhhhh, ¡Esos malditos lusitanos….!

                                                                                   FIN

Mª Eloísa Caro Durán

 

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