MELODÍA SAGRADA

 

  • ¡Tanit, dónde estás!, grité angustiado una vez más. Nunca antes nos habíamos separado.

Cuando la desesperación me envolvía, escuché algo extraño tras los gruesos muros del gran templo de Amón-Ra y me detuve. Por una delatora y cómplice grieta miré al interior. Apoyado sobre la base de una de las impresionantes e interminables columnas con forma de papiro que rodeaban el inmenso patio, había un joven sacerdote ataviado con túnica de lino blanco tocando la flauta. Y allí estaba Tanit, sentado frente a él, hechizado por aquellos acordes cristalinos y tenues creados para los dioses.

Al fin respiré tranquilo. Entusiasmado le hice un gesto llamando su atención. Por un instante él se giró para mirarme, pero de nuevo aquella melodía sagrada lo atrapó.

Sólo cuando el hábil músico se detuvo y dejó la flauta a su lado, Tanit se alzó sobre sus cuatro largas y delgadas patas, relajó sus puntiagudas y rectas orejas y regresó junto a mí.

                                                                                         M. Eloísa Caro Durán

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